Para que no le olvidemos, conmemoro uno de los personajes más pintorescos que jamás ha conocido el mundo taurino: Luis Gómez Sánchez. Luis era un hombre bajo y fornido, siempre elegantemente vestido con una chaqueta oscura y un pañuelo de colores adornando su bolsillo de pecho. Llevaba una gorra a cuadros y gafas de montura de carey, que fanaticamente limpiaba a pesar de que no había cristales.

Su vida comienza siendo abandonado en las escaleras de un orfanato en Granada. Allí espera para ser adoptado. “Nadie me quería” –dijo– “Yo era demasiado feo”. Así que huye. Ejerce de limpiabotas para ganarse la vida hasta que se convierte en payaso en un circo ambulante. Aquí es donde recibe su apodo: Diamante Rubio, porque como todos los chicos de su edad, Luis también quiere ser torero y toreros tienen apodos. Después de su carrera circense, recorre el país, visitando muchas ferias para estar cerca de los toros. Se queda en hostales baratos o duerme en un sillón en el hall de un hotel lujo, bajo la atenta mirada de vigilantes nocturnos benevolentes. Al pasar el tiempo los taurinos le adoptan como su mascota y en las gradas Luis es como un claque, incitando a la gente para animar a los toreros. En voz alta elogia sus muchas cualidades en la esperanza de que el público le siga en su entusiasmo.

En el brazo lleva un haz de bastones como Chaplin. “Comprate uno para la suerte”, insta el vendedor cuando el comprador vacila. Pero, cuando en la plaza un torero de éxito da la vuelta al ruedo agitando un bastón, sabes que Diamante Rubio le ha dejado su tarjeta de visita y después ajustará la cuenta.

Me acuerdo un dia en la plaza de Valencia después del sorteo. Le encuentro en una terraza y cuando se sienta a mi lado, se quita las pesadas gafas negras de la nariz, saca uno de los paños del bolsillo y comienza a pulir diligentemente las gafas. Junto a mí, dos turistas alemanes cambian de color cuando descubren que faltan los cristales. Los mira burlonamente, rápidamente les saca la lengua y luego me dice: 

“Todos los días hablo con los pájaros”. 

Decido participar: “¿Qué te dicen?” 

Diamante: “Solo cosas buenas”. 

“Pero tio”, le digo, “¿qué haces cuando te dicen cosas malas?” 

Él: “Entonces no diré nada”.

El inolvidable Diamante Rubio murió en el 2003 en un hospital valenciano. Tenía 71 años. En silencio, volvieron sus cenizas a Granada, donde algunas están esparcidas por el Sacromonte y otras quedaron sepultadas bajo un viejo olivo.

Cronica de Pieter Hildering

Fotografia de Archivos