UREÑA, TORERO DE VALENCIA

Domingo, 28 de Julio de 2019. Plaza de toros de Valencia. Dos tercios de entrada en tarde calurosa. Toros de Luis Algarra, correctos de presentación, variados de pelaje y de buen juego. Al quinto se le premió con la vuelta al ruedo. Sebastián Castella (lapislázuli y azabache), silencio y oreja tras aviso. Miguel Ángel Perera (verde enebro y oro) saludos tras aviso y saludos tras dos avisos. Paco Ureña (lavanda y oro), oreja y oreja. Entre las cuadrillas saludó tras parear al primero Rafael Viotti y Curro Javier hizo lo propio en el quinto. Ignacio Rodríguez fue aplaudido tras picar al quinto. Presidió Luis Maicas. Pesos de los toros por orden de lidia: 552, 569, 572 (2 bis), 534, 567, 565 y 550 kilos.

Concluyó la feria de julio de Valencia con la celebración del festejo cuyo cartel se antojaba como el más importante del serial. Un cartel que se vio en parte malogrado ante la baja por lesión de la anunciado Roca Rey, quien de esta forma hubiera hecho doblete en el coso valenciano al haber actuado en los ciclos de Fallas y San Jaime. Pero como el hombre propone, Dios dispone y las circunstancias descomponen, el cóndor peruano se ha visto obligado a guardar reposo cuanto menos hasta el mes de septiembre. Con ello, las ferias se han visto privadas de la presencia del máximo atractivo del escalafón de esta temporada. Y la sustituciones ya han comenzado a aflorar y los toreros a repartirse los puestos que deja libres el coletudo andino.
En Valencia se decidió que fuera Miguel Angel Perera quien ocupase su lugar. Lo cierto es que el torero extremeño justificó su inclusión. Muy asentado, pisando terrenos de cercanías y con firmeza, templó y sometió las embestidas del segundo, toreando de arriba abajo y prolongando los muletazos, con mando y gobierno aunque al trabajo le faltó un cierto acople. Luego no acertó con las armas toricidas.
Y comenzó su faena al quinto de rodillas entre las dos rayas, en una apertura emotiva, a la que siguió una faena en el que llevo muy toreado y cosido en los vuelos de la muleta a su oponente, tirando de él y exprimiéndole. El epílogo, metido entre los pitones, puso en pie a los aficionados. Luego, volvió a fallar con los aceros.
Los astados de Algarra, repetidos triunfadores en los últimos años en esta misma plaza, lucieron una correcta presentación. Muy variados en sus pelajes, dieron un juego más que notable revalidando su buen cartel en esta plaza.
El colorado primero, descarado de pitones, perdió las manos tras un primer encuentro con las plazas montadas. Muy poco picado, escaso de fuerzas aunque noble, quiso más que pudo, pero no se entregó y se defendió más de la cuenta por su falta de poder.
El segundo se rompió una mano en varas y tuvo que ser sustituido por un toro burraco de espectacular pelaje, que tampoco fue muy picado en varas. Fue y vino con bondad y nobleza. La fijeza también fue otra de sus virtudes, si bien no anduvo sobrado de pujanza. El sardo tercero fue asimismo un toro de pelaje lucido, que tuvo poca fuerza. Le supo medir bien el castigo en el caballo Pedro Iturralde y luego tuvo buen son por los dos pitones. Sin demasiado motor, calidad y fijeza no le faltaron.
El burraco cuarto se durmió en el peto. Se dejó pegar en la segunda entrada y luego también adoleció, como sus hermanos, una cierta falta de fuerzas. Echó la cara arriba y gazapeó aunque siempre quiso. Noblón, manejable y obediente. Bueno para el torero.
El negro quinto empujó en el caballo y se dejó pegar. Se venía de lejos a los engaños, aunque escarbandoa, pero siempre con mucho celo y enorme transmisión. Un gran toro este Holgado, bravo y codicioso, que por la mañana había sido enchiquerado como sobrero.
El sexto fue muy protestado de salida. Un astado escurrido, que se tapaba por la cara y que tuvo poca fuerza. De salida desarmó a Ureña, quien tuvo que tomar con presteza el olivo. Llegó al tercio final sin fuerza y a la defensiva, perdiendo las manos y cabeceando. Se aplomó enseguida.
Encabezaba la terna el francés Sebastián Castella, cuya presencia es una constante en la plaza de toros de Valencia. Lanceó con templanza y gusto al que abrió plaza, al que Rafael Viotti le colocó dos excelentes padres, ganándole la cara, cuadrando entre los pitones y clavando arriba. Castella muleteó con suavidad y limpieza, en un trabajo que no cogió vuelo ante la escasa entidad de su antagonista.
Comenzó su faena el cuarto con pases estatuarios entre las dos rayas. Su labor estuvo presidida por la cercanía de terrenos y la limpieza, pero ya pareció muy “déjà vu”, Con un argumento más que previsible en este torero al que tantas veces se le ha visto en esta plaza. Mató de una estocada corta.
Y la gente esperaba con cariño y expectación al murciano Paco Ureña, quien ha triunfado en esta misma plaza en sus últimas comparecencias, prodigando además celebradas  gestas. El público estuvo con él toda la tarde.
Fue emotivo y vibrante su saludo capoteril al tercero, al que le dio una media verónica muy arrebujada. Fuera de la rayas planteó su trasteo, pausado y paciente. Dejó la muleta puesta, corrió la mano con templanza y sentimiento, cadencia y ritmo. A los sones del pasodoble La concha flamenca, cuya interpretación fue aclamada por los espectadores, su trasteo tuvo tanta impronta como pureza y verdad.
Y no dejó de intentarlo por la vía de la ortodoxia y de la compostura ante el muy apagado sexto, con el que se inventó una faena y al que mató de una gran estocada.
Cronica de Enrique Amat
Fotografias de Mateo. Tauroimagenplus