UNA LUCIDA NOVILLADA DE LA ESCUELA ABRE EL CICLO FALLERO

Domingo, 8 de marzo de 2020. Plaza de toros de Valencia. Más de media entrada en tarde soleada y algo ventosa. Novillos de Jandilla, bien aunque algo desigualmente presentados y de excelente juego. Christian Parejo (gris y plata) de la escuela de Beziers, saludos tras aviso. Emiliano Robledo (marino y oro), de la escuela de Aguascalientes EMTSA, de México, oreja. Alejandro Peñaranda (cobalto y oro) de la escuela de Albacete, oreja tras aviso. Nino Julián (grana y oro), del Centro Francés de Tauromaquia Nimes, silencio tras aviso. Javier Camps (verde botella y oro) de la escuela taurina de Valencia, oreja tras aviso. Germán Vidal El Melli (canela y oro) de la Escuela El Volapié de Sanlúcar de Barrameda, oreja. Entre las cuadrillas bregó con templanza José Arévalo y banderillearon con lucimiento Maestro de los Ríos y Fernando López. Presidió Luis Maicas.

Echó a andar una nueva edición de la feria taurina de fallas. Para el aficionado, supone toda una bocanada de aire fresco poder volver a  ir a una plaza de toros. Como siempre,  tras el invierno, hay hambre de toros. Y hambre también de descansar y evadirse de la actualidad que nos machaca.

Este año, seguimos a vueltas con el Procès. Y ahora también con el gobierno Frankenstein y las ocurrencias diarias de quienes nos desgobiernan. Y solo faltaba ya el culebrón del Coronavirus. Pero bueno,  pues vamos a lo nuestro.

Con una novillada sin picadores con participación de alumnos de las escuelas de tauromaquia comenzó la feria fallera. De nuevo, hay que aplaudir la iniciativa de la empresa y de la Diputación por incluir este tipo de festejos en el serial. Es necesario atender y cuidar a la cantera, y ofrecer posibilidades para que los más jóvenes puedan exhibir sus posibilidades, en una plaza de primera y ante un ganado de lujo.

Ayer, los novillos de Jandilla elegidos al efecto exhibieron una presentación buena aunque algo desigual. Muy bien hecho el colorado que abrió plaza, un ejemplar que tuvo movilidad, obedecía a los toques y se desplazó repitiendo siempre las embestidas, aunque con tendencia a salirse suelto y escaso de poder y raza. El castaño segundo, también muy bonito de hechuras, tuvo calidad, fondo, largos viajes y transmisión.

El negro tercero presentó más complicaciones de salida. Se quedaba debajo de las telas y soltaba la cara. Luego se fue atemperando a lo largo de la lidia y acabo resultando manejable. El cuarto también  se desplazó por los dos pitones y siempre quiso embestir. Asimismo repitió sus embestidas el pastueño y bonancible quinto. Y el sexto dio un juego excelente, con transmisión, celo y bravura

Christian Parejo, de la escuela taurina de Chiclana,  se fue a la puerta de chiqueros a saludar a su antagonista. Luego muleteó con solvencia y cadencia, en un trabajo bien concebido y argumentado, de torero muy puesto. Prolongó en exceso el trasteo y aquello se fue diluyendo. Y luego falló con las armas toricidas.

Emiliano Robledo, mejicano de Aguascalientes,, manejó unas telas de más que considerable tamaño. También se fue a saludar a porta gayola a su primero, al que luego le dio faroles de rodillas y le lanceó de la misma guisa. También abrió de rodillas en el platillo su faena de muleta. en una labor afanosa y de entrega,  pero algo destemplada y desajustada, de más voluntad que lucimiento. Eso sí, mató de un colosal volapié.

Alejandro Peñaranda. de la escuela de Albacete, exhibió templanza y sentido de la ligazón en su torear. Firmó un trasteo de torero puesto y no exento de oficio, sobrio y siempre seguro.

Nino Julián, de la escuela de Nimes, es un coletudo de pequeña estatura. Lanceó con soltura y vistosidad y banderilleó con muy desigual fortuna. En el tercio final manejó los engaños luciéndose al muletear con la mano derecha corriendo la mano con sometimiento, templanza y cierto gobierno.

Javier Camps. de la escuela taurina de Valencia, firmó un muy lucido quite por delantales en el cuarto. Ante el quinto rubricó una labor presidida por la compostura, la expresión, el buen gusto y el querer siempre hacer las cosas bien. Sus muletazos tuvieron apostura, sello y prestancia. Y sus pases de pecho, pasándoselos por delante, rayaron a un excelente nivel. Reeditó el crédito que ya tenía.

Germán Vidal El Melli de la Escuela El Volapié de Sanlúcar de Barrameda, es un espada espigado quien lanceó de rodillas a su antagonista. Luego, con la muleta, anduvo suelto y entonado, en una faena a la que le faltó un punto de templanza y le sobró  cierto amontonamiento, pero que tú fibra y emoción. Mató de una estocada.

Crónica de Enrique Amat

Fotografias de Mateo . Tauroimagenplus