Un buen día, un joven torero entró en una sastrería. “Buenas tardes” dijo el sastre. “Buenas tardes” – contestó el diestro – “quería que me hiciese un traje de luces.” “Con mucho gusto señor. ¿En qué color pensó usted”? “Un agradable azul” respondió, soñando, el cliente. “Una buena elección, pero significa eso: ¿Azul azafata, aguamarina, indigo, acero, azul eléctrico y añil? ¿Azul noche, parisiana, cobalto, la purísima, danubio, celeste, pastel, marbella, azul rey, azulón, azul Marino o ultramarino…?” 

El torero comenzó a sudar un poco: “¿Algo en rojo?” “¡Efectivamente! ¡Un clásico! Pero ¿qué rojo prefiere?: ¿Bermellón, rioja, cariñena, cardenal, coral o corinto? También tenemos grana, pimentón, frambuesa, cerezo, salmón, clavel, fucsia y sangre de toro. Toro bravo… claro.” ¿Se lo imaginó o estaba muy mal ventilada la tienda del sastre? Se sentó y sugirió: “¿Hay un color en medio?” “Muy bien. ¿Quizás escoja el amaranto , heliotropo, butano, obispo, la buena berenjena, grosella, malva, púrpura, violeta o una saludable morado?” Definitivamente estaba sofocado. 

“¿Qué tal con un traje amarillo?” “Ah, una elección muy valiente, si me permite decirlo. Tenemos azafrán, caña o canario. Albero, champán, mahón, limón, mostaza, vainilla o paja. También hay oro viejo,” elogió el sastre, que estaba muy orgulloso de sus sedas.

El pánico atenazó al joven. De manera apenas audible tartamudeó: “¿Verde… que te-tiene Usted en ve-verde..?” “En verde tenemos la muy buena amena, botella, esmeralda, esperanza, manzana, aceituna, oliva, hoja, teja, vidrio, pistacho, césped… Usted decide.” 

Su cliente gimoteó, pero el sastre siguió adelante: “Quizá quiera algo menos ostentoso como ceniza, caldera, gitano, paloma, catafalco y el gris topo o plomo. Tenemos un amplio surtido de marrones. Podemos ofrecerle un traje en chocolate, canela, siena, avellana y café, sólo o con leche… – soltó una risita ahogada -. “O nuestra gama de tabacos: habano o virginia, rubio u oscuro; barquillo, davidof y flor de caña.” El joven se levantó. Estaba mareado, notó un zumbido en sus oídos y tenía un torbellino en la cabeza: “Regresaré la semana próxima”. “Muy bien torerito, le mostraré el resto de nuestra gran selección.”

Después de una semana, el mismo joven torero regresó a la sastrería. “Buenas tardes” dijo el sastre. “Ah… te reconozco torero.” “Así es” dijo el muchacho. “Torearé en Madrid en un par de semanas, así que me gustaría a pedirle un traje nuevo.” “Excelente, señorcito. Le prometí que le mostraría el resto de nuestro surtido. ¿En qué color piensa usted esta vez?” “Un agradable azul” respondió soñando el cliente, como lo había hecho entonces. “Tenemos una nueva selección de azules. Puedo mostrarle azul pavo, hierro, mar, o prusia, sin olvidar el azul real, un color muy distinguido, muy clásico…” El muchacho le recordó lo que había pasado antes y rápidamente interrumpió el sastre: “Está bien, pero ¿qué tenéis en rojo?” “Ah el rojo, como le he dicho antes, siempre un clásico. Puedo mostrarle la buganvilla, un buen burdeos. ¿Pero tal vez prefiere tinto? O la ciruela que es muy rica. Además tenemos una terracota, teja y ladrillo. ¡Incluso tenemos un quiñón de rosales precioso! Muy preferida es la zarza, o la mandarina, casi igual que la naranja y estamos muy orgullosos de nuestra calabaza. Hay cariñena, guindo y ladrilla o el clásico nazareno. Recomiendo una pequeña selección de violetas. Tal como chenel o lila. Últimamente han llegado con una nueva gama de rosas: maquillaje y tirita. También hay rosa chicle, rosa mexicano aún y, por supuesto, hay rosa chillón”.

No iba bien, pensaba el torero. “¿Hay demanda del color…?” Vaciló. “¿…Amarillo?” “Muy poco”, dijo el sastre. “Verde parece ser la última moda. Verde como ágata o aguacate, alcachofa o clorofilo. También hay musgo, parra, verdegay, agua o verde billar y tenemos una salvia bonita, aunque mi colega de al lado, cuando se le preguntaría, le mostraría una tela roja. Sin embargo, preferimos mantenerlo en nuestra selección de verdes. Nosotros tenemos ambos. La verde hoja de la planta, así como la roja flor…” En ese momento su cliente ya había salido de la tienda, como lo había hecho hace una semana. “Ay por Dios, todavía quería mostrarle los tonos blancos”, se quejó el sastre. Estaba un poco decepcionado. No habría habido ninguna venta entonces, no habría ninguna hoy. “Pero volverá.”

Habían pasado ya algunos meses desde que el torero entró por primera vez por la puerta de la sastrería. Recordaba las hileras de tela que se amontonaban prolijamente a lo largo de las paredes, y al anciano que explicaba los diferentes colores de las mismas. También recordó el pánico que lo embargó cuando este le pidió que le dijera cuál era su favorito y cómo, al final, acabó saliendo de la tienda sin contestar la pregunta. Odió la vergüenza que sintió, huyendo así. Una pequeña campanilla de cobre sonó cuando abrió la puerta. Desde la parte posterior de la tienda, el viejo sastre se adelantó para recibirlo. “Ah, señorito”, dijo en un tono amistoso. “Has vuelto. Sabía que lo harías algún día.” El torero asintió. “Antes de que decidas”, continuó el sastre, “déjame contarte una historia divertida para ayudarte a elegir. No hace mucho tiempo, un colega tuyo entró en la tienda. Era un caballero mexicano y él también quería que le hiciéramos un nuevo vestido de torear. Cuando le pregunté qué color prefería, me dio la respuesta más extraña: “Quiero un traje ferroviario y tesoro de Moctezuma”. Fue la primera vez, en mi ya larga carrera, que me quedé estupefacto y déjame decirte, que no será porque no he tenido algunas solicitudes extrañas. Un torero anglófilo deseaba un traje en el color verde inglés y un diestro valenciano una vez me pidió un traje de color murciélago. Otro, que había vuelto de una campaña por las plazas americanas, quería que su traje de luces fuera papagayo y plata. Pero por favor, cuéntame qué es lo que quieres, que mis divagaciones han durado demasiado.”

“Quiero un traje blanco y plata.” El sonido de su propia voz le sorprendió pero hizo su elección y no se dejó distraer con las historias del anciano. “Muy bien”, dijo el modisto. “¿Sería eso el tono espuma de mar, que tiene un tinte de azul? ¿Tal vez prefieras un traje hueso con una ligera tonalidad de rojo? ¿O te recomiendo el lirio o el ligeramente amarillento marfil, o tal vez un blanco palomo linares? También tenemos una gama de mármol, y de tiza pero esa es un poco polvoriento. Hay un muy buen blanco verdejo utielano. Además, el tono del papel. Aunque no te aconsejaría que escribieras sobre él.” Se permitió una pequeña broma.

“¡Blanco!”, dijo el torero decididamente. “Blanco. Sin matices, sin tintes, o ligeramente amarillento. Ni tonos ni tonalidades. Sin gamas y ciertamente nada polvoriento. ¡Blanco! Blanco bordado de plata. ¡Blanco!” “Tiene razón, señor”, dijo el sastre y sonrió. Era feliz. Después de tanto tiempo, logró venderle un traje de luces a aquel torerito.

Cronica de Pieter Hildering

Fotografias de Mateo . tauroimagtenplus Archivos