Domingo, 10 de marzo de 2024.  Plaza de toros de Valencia. Dos tercios de entrada de entrada en tarde apacible. Toros de El Parralejo, Fuente Ymbro, Pedraza de Yeltes, Victorino Martín, Domingo Hernández y Luis Algarra. Los más toreables 1º, 2º y 6º. El de Victorino muy complicado y el de Domingo Hernández, exigente. Román (azul cielo y azabache), aplausos, oreja tras aviso, palmas, silencio, saludos y orejaActuó como sobresaliente   Manuel Francisco Viera Pontes (azul pavo y oro). Entre las cuadrillas saludó tras banderillas al segundo Antonio Chacón. En el tercero hizo lo propio Ángel Otero. Antonio Prieto picó bien al cuarto y el Puchano en el sexto. Y también Fernando Sánchez puso dos buenos pares. Se guardó un minuto de silencio en memoria del veterinario Julio Soriano. Presidió Pedro Valero, con buen criterio.  Pesos de los toros por orden de lidia: 504, 511, 509, 501, 497 y 557 kilos. 

Enrique Amat, Valencia 

La esperada tarde en la que Román se encerraba con seis toros, respondió a lo que se esperaba. Hubo gente, orejas, volteretas, épica, emoción, también algunas lagunas. Y mucha baraka, esa baraka de la que siempre ha asegurado el magistrado Mariano Tomás que tiene Román. Una baraka que le libró de sufrir un grave percance tras dos escalofriantes volteretas y encima poder matar al buen sexto de Algarra. 

El torero ofreció una amplia gama de lo que su personalidad. Por momentos pausado, templado, maduro. Y también se vio al Román más auténtico, al épico, al emotivo.

El rubio coletudo liceísta de Benimaclet deseaba celebrar con este reto sus primeros diez años de alternativa, su inminente treinta cumpleaños y dar un aldabonazo a su carrera. Un festejo que había preparado a conciencia y que había promocionado por muchos medios. Román es un experto en redes sociales, en lo que ahora se llama marketing digital, y ha demostrado que es capaz de llevar a cabo una renovación y una revolución en lo que es la difusión de la fiesta de los toros y su publicidad.

Era una apuesta a todo o nada, buscando un antes y un después en su carrera. Un reto asumido a conciencia, y que era toda una incógnita. Su resultado era imprevisible. Algo atractivo en esta tauromaquia posmoderna, en la que todo es previsible. Podía pasar de todo y cualquier resultado entraba dentro de lo posible. Como así sucedió. Imprevisible el resultado, como imprevisible fue todo el día. Cambiante. De las nubes al sol, del sol a la lluvia, vuelta a salir el sol, y lo que es peor, ráfagas de aire.

Román. Un personaje con carisma, conexión popular, cercano a los aficionados y a los jóvenes, quienes acudieron en masa a verle, atípico, iconoclasta, simpático, imprevisible, anárquico, pero a la vez disciplinado, valiente, duro y gallardo ante la adversidad.

Hizo el paseíllo con un terno azul cielo bordado en azabache, el mismo tono con el que Genaro Palau pintó a Manuel Granero. En los tendidos y en el callejón, muchas caras conocidas. Y reglamentariamente, según indica el artículo 29 del reglamento taurino, solo hizo el paseíllo un sobresaliente, no dos como se anunciaba en principio.

Tras recoger una ovación tras el paseíllo, empezó la fiesta. El toro de El Parralejo, Malanda de nombre, negro y bien presentado, abanto de salida. Escaso de fuerza, tomó dos puyazos con escaso celo. Luego se mostró algo rajado y remiso, aunque cuando su matador le presentó la muleta por delante, siempre quiso. El de Fuente Ymbro, Sacacuartos, fue aplaudido de salida. Un toro alto, montado, con mucho morrillo y espectacular arboladura. Metió los riñones en el caballo en el primer encuentro, dejándose pegar. Y se le simuló la suerte en la segunda entrada tras haber perdido las manos un par de veces. Se vino con la alegría y prontitud a los engaños, aunque sin terminar de descolgar y con la cara alta, exigiendo mando y sometimiento. Con todo, un toro importante.

Al de Pedraza de Yeltes, Deslumbretito, castaño y bien armado, lo dejó de lejos Román en el caballo, aunque apenas se empleó ante el peto. Luego metió la cara con nobleza y obediencia, fácil y cómodo, aunque escaso de raza y emoción. El de Victorino Martin, Estufitsa de nombre, cárdeno entrepelado y serio, exigió de salida. Metió los riñones y apretó con generosidad en varas. Luego se hizo el amo en el ruedo. Se quedaba corto, buscaba por debajo de las telas, fue creciendo y desarrollando, y acabó haciéndose el amo.

El de Domingo Hernández, Rimbombante, fue un ejemplar castaño, serio, largo y bien armado, que se salió suelto de su encuentro con las plazas montadas. Se repuchó y no apretó. Corretón y distraído, tuvo tranco en banderillas, pero luego se prolongó en demasía el segundo tercio y se desbarató la lidia. Y entonces el toro acusó una amplia querencia a los terrenos de adentro. Y el cierraplaza, de Luis Algarra, Zamorano, también fue aplaudido de salida. Un toro negro, salpicado, serio, bien armado. Correteó de salida, algo distraído, y fue bien sangrado en varas. Toro pronto y con mucha movilidad, dio excelente juego.

Román lanceó cumplidor a su primero, cuya muerte brindó al público. Muy molestado por el viento, a pesar de ello se salió fuera de las rayas. A los sones del pasodoble Morenito de Valencia, corrió bien la mano, con templanza y ligazón por la mano derecha. Faena en la que se justificó, aunque no terminó de coger vuelo. Remató de un pinchazo y una estocada algo caída. 

Saludó con dos largas cambiadas de rodillas en el tercio al segundo. En el tercio trató de embarcarle y templarle. No era fácil, porque al toro si se le obligaba perdía las manos, y si se le dejaba su aire, soltaba la cara. Había mucho que templar. Y, cuando le cogió el sitio y la distancia y le bajó, la cosa cambió. Y rompió a sonar el pasodoble. Va por Román, de Rafael Zahonero. Con unas ajustadísimas bernardinas abrochó un trasteo bien rematado con una estocada volcándose. Algo trasera y tendida, pero defectos letales.

El tercero se lo brindó a José Luis Martínez Almeida al alcalde de Madrid y a la alcaldesa de Valencia María José Catalá, Y amenizado el trasteo por el pasodoble La entrada, muleteó con compostura, aseo y limpieza. Faltó algo de transmisión y de cruzarse más con antagonista. Mató de una estocada corta atravesada y cuatro golpes de descabello.

Lanceó en plan lidiador al cuarto, cuya muerte brindó a Vicente Ruiz el Soro, quien correspondió interpretando una diana floreada en su honor con la trompeta desde el callejón. Un toro muy exigente, el de Victorino, muy complicado, que requería mucha firmeza de manos y que acabó haciéndose el amo. Román lo intentó, pero sin ver nunca clara la solución al problema. Mató de dos pinchazos y una media perpendicular y un golpe con el verduguillo.

Se fue a la puerta de chiqueros a saludar a porta gayola al quinto, Rimbombante, que se empleó en el caballo. Luego, tras dos pares de la cuadrilla de tanda, uno de Gómez Escorial y otro muy lucido de Fernando Sánchez, Román decidió salir a poner un par él mismo e invitó a poner otro a Raúl Martí. Colocó un par al quiebro en los terrenos de dentro con poco acierto, pero lo que valía era la intención. Lo malo es que la lidia se prolongó, aquello se estropeó y al final hubo que cambiar el tercio y dejar a Raúl Martí compuesto y con los palos en la mano. La ocurrencia, bien intencionada, acabó como el rosario de la aurora.

Luego quiso plantear faena en el platillo de la plaza, pero el toro huía despavorido de los embroques. Y entonces el rubio coletudo liceísta de Benimaclet tuvo que meterse en los terrenos de dentro, para intentar sacar faena a un toro que se movió, pero siempre con acusada querencia a tablas. Acortó distancias y terrenos, se metió en los pitones y estuvo en el Román más auténtico. En su versión más fiel. En el epílogo del trasteo se llevó una voltereta espeluznante. Siguió metido entre los pitones, y tras un pinchazo, fue cogido de nuevo espectacularmente al propinar una estocada. Por fortuna, como antes comentábamos, la baraka estuvo con él y se libró de milagro.

Tras unos quince minutos para recuperarse de las dos tremendas volteretas que había recibido, decidió salir a matar el sexto. Lo agradeció el público y recogió una ovación a su esfuerzo y a su entrega. Y su puro torearle sin probaturas fuera de las rayas, en una labor emotiva, entregada, ligada y de mucha conexión con el público. La banda rompió tocar La Concha Flamenca para amenizar una labor sincera y a más. Mató de una estocada y dos descabellos.

Cronica de E, Amat

Fotografias de Mateo de Tauroimagneplus.com

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