Es una tarde agradable en marzo y la corrida que estamos a punto de ver promete ser un gran espectáculo. Los toros vienen de la mejor ganadería y cada uno de ellos ha sido cuidadosamente seleccionado para los tres jóvenes matadores en cartel. Se están llenando los tendidos y toca la banda. Cuando me dirijo a mi localidad, mi camino está bloqueado por una mujer elegante vestida con un pesado abrigo de piel. “Disculpe señorita,” digo. Se da la vuelta y miro fijamente a los ojos perfilados de rimmel de Carmen Tello. Ella es la señora de Curro Romero. Él es el más legendario, el más agraviado y al mismo tiempo el más venerado torero de los últimos cincuenta años. Balbuceo una disculpa: “Perdón Doña Carmen”, pero sorprendemente me besa en ambas mejillas como si nos conociéamos desde hace años. Y Curro? ¿Dónde está él? Si ella está aquí junto a mí, supongo que él no debe estar muy lejos.
“Está aquí”, dice Carmen y da un golpecito al hombro de un hombre anodino, con gafas y vestido de un abrigo color camel que está hablando con alguien en la grada. ¡Curro se encuentra junto a mí! Dios ha bajado del cielo y se ha comprado una entrada para la corrida de hoy. Está vestido de civil y se mezcla entre los mortales. Sigue siendo difícil reconocerlo si no lleva su reluciente traje bordado en oro. Luego se vuelve hacia mí, sonríe y me estrecha la mano extendida. “Buenas tardes”, le digo, pero estoy tan desconcertado que de mis labios no sale ni la más insignificante palabra. No importa, de hecho, no se habla a Dios, no se le mira a los ojos, a Dios le honra en silencio. La pareja se da la vuelta y cogidos del brazo, baja por las escaleras para – sin duda – tomar sus asientos en el palco real… y por un momento parece que flotan

Crónica de Pieter Hildering