José ‘Pepe’ Montes Iñiguez era catedrático de metalúrgica muy respetado de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid y presidente de la prestigiosa peña madrileña Los de José y Juan. ‘El Ingeniero del Nueve’ le llamaban en Las Ventas, donde ocupó la misma localidad en el mismo tendido durante casi tres décadas. Pero a la vez, en Malaga le podrían haber llamado ‘El Diablito del Tendido 2’, debido a su placer diabólico para crear un caos. Una tarde de agosto, hacía mucho calor en la Malagueta. Los toros se caían y los toreros no tenían ni idea de lo que estaba pasando. Condiciones ideales para que se pusiese en marcha ‘El Diablito’. Pepe se levantó de su localidad y con teatrales gestos de brazos y en voz alta declaró: “¡Presidente, ésto es una mierda!” 

Al ver que no surtia el efecto deseado, repitió ostensiblemente su observación. Esta vez sí dio en el clavo. Una pareja muy formal, sentada dos filas por debajo de Montes, protestó por su comportamiento provocativo. El hombre se dio la vuelta y para que todos oyeran, lamentó: “Señor, por favor, mi esposa y yo estamos aquí para disfrutarnos, le insto a parar estas declaraciones vulgares.” Pepe fingió que no sabía de qué iba la cosa y le preguntó inocentemente: 

“¿Qué declaraciones vulgares le molestan entonces, señor?” 

“¡La suyas, señor, las suyas! Eso… ¡Esa mierda!” exclamó el hombre emocionado. “¡Mierda!” 

“Me alegro de que está de acuerdo, señor”, dijo Pepe. 

Las personas a su alrededor se lo estaban pasando en grande, aplaudiéndole y vitoreándole. Montes se inclinó ante su audiencia y se sentó, dejando a su oponente confundido. “Es una pena lo que se puede decir en publico hoy en día” murmuró, pero su esposa lo echó hacia atrás en su asiento y susurró: “¡Juan, la gente!” Era demasiado tarde. El efecto deseado ya se habia logrado, y tardó bastante tiempo antes de que la paz volviese al tendido. 

El gran Festival de Flamenco de Benalmádena coincide con la Feria de Málaga. Esta vez, el cartel anunciaba a José Monje Cruz, mejor reconocido como ‘Camarón de la Isla’, con José Fernández ‘Tomatito’, su guitarrista, un joven de quien se dice que tiene el talento de ‘Paco de Lucia’, pero diez veces más. Málaga vibraba de emoción ante el evento, y mis amigos y yo decidimos acudir a presenciarlo. Después de la corrida partimos.

Una vez llegado en la plaza de toros de Benalmádena, entramos en el redondel. Encima de nosotros un millón de luces plateadas centelleaban en un cielo nocturno de azul profundo andaluz.

El primero en aparecer en escena fue Alfredo Arrebola, profesor de flamencología, científico, poeta, autor y un aficionado práctico del cante flamenco. Su actuación recibió un aplauso correcto, pero poco entusiasmado. Es que todavía era temprano y el público no había entrado en calor.

Arrebola dejaba paso a Joaquín Jiménez, un cantaor de Jeréz que se llamaba ‘El Salmonete’ por su llamativo color rojo de pelo. Y aunque apenas sabia leer ni escribir, ¡este pez podia cantar! “¡El Salmonete a las rocas!”, gritaba alegremente ‘El Ingeniero del Nueve’, cuando el cantaor lograba tomar sin esfuerzo un pasaje difícil. Todos los que nos rodeaban se rió de ello y Pepe disfrutaba de su éxito. “Cuando veo a esos pobres que ni siquiera tienen dinero para comprar agua, a veces el pan en la boca me sabe amargo” cantaba ‘El Salmonete’ con un jadeo andaluz. La voz del Jerezano tenia el sonido gutural raspado característico de los cantantes gitanos. “¡La garganta!”, exclamaba Pepe cuando terminó la copla. No le importaba cuando la gente alrededor de él le dijeron que ‘El Salmonete’ definitivamente no era gitano! “Podría ser por su garganta”, respondia ingeniosamente. “Para la interpretación de la última copla quiero pedirle a mi familia a compañarme al escenario”, gritaba el cantaor a través del micrófono. Momentos después, seis hermanos y una hermana avanzaban. Se colocaban detrás de su hermano y comenzaban a dar palmas ante el gran entusiasmo de los presentes. “¡Olé!” la audiencia gritó de acuerdo. “¡Olé! ¡Olé!” “¡Olé! ¡La freidura!” cantaba Montes.

La actuación de ‘El Salmonete’ y su amplia familia habia terminado. “Ven”, me dijo Montes en el intervalo. “Te presentaré a Arrebola”. Ello no me sorprendió, ya que Pepe conocía a todos. Detrás del escenario se encontraba una gran carpa. Nos movimos entre la multitud e ingresamos en su interior donde los músicos afinaban sus instrumentos y se preparaban. En un bar improvisado, los aficionados les felicitaban por su actuación o les deseaban suerte. Los cantantes se preparaban para sus actuaciones siguientes. Bancos bajos de madera se alineaban en los lados de la carpa. En uno de ellos estaba una señorita voluptuosa, muy rubia, de aspecto poco español, mientras que a su lado un hombre delgado, demacrado y de pelo largo, miraba fijamente al suelo.

“Le desearemos suerte a Camarón”, dijo Montes después de despedirse de Arrebola y, para mi sorpresa, se acercó a la pareja que se sentaba en el banco. A medida que nos acercamos, el hombre parecía aún más vulnerable y parecía encogerse cuando llegamos a él. Con cuidado, en un gesto tierno, casi protector, Montes puso su mano sobre su hombro: “Suerte Camarón, animo maestro”. Lentamente, el cantante levantó la cabeza, pero su mirada parecío que nos atravesaba. Entrecerrando los ojos, intentó levantarse, pero apenas extendió una mano temblorosa. “Gracias por venir, gracias”, susurró el cantaor, con un hilo de voz apenas audible. 

Era la hora de volver a nuestros asientos. Nos despedimos de ‘Camarón de la Isla’ y su novia rubia y salimos de la carpa en silencio.

Le debo mucho a Pepe Montes ‘El Ingeniero del Nueve’.

Crónica de Pieter Hildering

Fotos de :Julio Martinez, El Ruedo