En 1982, de camino a Valencia, aprovecho una parada en Madrid para visitar a ‘El Guernica’ de Picasso, que recién ha vuelto a casa y se ha instalado gloriosamente en el Casón del Buen Retiro, uno de los edificios que conforman el Museo del Prado. Mis amigos me encuentran en el aeropuerto y un autobús nos lleva al museo. Detrás de una gruesa ventana de seguridad de cristal curvado, está el enorme lienzo, pintado en una gama de negros, grises y blancos. Las llamas se escapan de una casa, una mujer con una lámpara busca los alrededores y la luz roza un caballo herido. Un guerrero yace moribundo y una madre con un niño muerto, llora descontrolada. Detrás de ellos,  indómito, se encuentra un toro, símbolo de España. Cuarenta y cinco  años después de su encargo, la acusación contra el brutal bombardeo de la localidad vasca es tan impresionante como siempre.

Detrás de mí, dos señoras norteamericanas de mediana edad apenas pueden someter su opinión sobre la obra: “Es una pena que sea una reproducción”, dice una y suena bastante decepcionada. “¿Por qué piensas eso?” Le pregunta su amiga sorprendida. “Pues…” La primera dama vacila. “Es en blanco y negro…”

Veinte años más tarde, regreso de un viaje en Galicia y de nuevo paso por Madrid.
“Mañana te voy a mostrar ‘El Guerníca’, la obra de arte más famosa de Pablo Picasso”, le digo a mi compañera de viaje. La pintura ha sido realojada y ahora se encuentra en el Museo Reina Sofía, en el barrio de Atocha, que está a pocos minutos a pie de nuestro hotel. Estamos en el mes de mayo, la capital está en pleno San Isidro y tenemos entradas para dos corridas de toros.
“¿Quién es Picasso?” pregunta inocentemente. “¿Es un torero español? ¿Es parte de San Isidro? ¿Mañana le veremos torear en la plaza de toros?”
Me cuesta no expresar mi asombro. A lo lejos se oye un fuerte ruido cuando el gran artista se vuelta en su tumba. Hay límites a los que no puede resignarse.

Crónica de Pieter Hildering