DE PENALTY Y EN EL ÚLTIMO MINUTO

Domingo, 29 de julio de 2018. Plaza de toros de Valencia. Tres cuartos de entrada en tarde soleada y de mucho calor. Toros de Núñez del Cuvillo, de variados pelajes y juego manejable. Al sexto se le premió con la vuelta al ruedo. Sebastián Castella (azul noche y oro), silencio y silencio tras aviso. José María Manzanares (morado y oro), silencio tras aviso y saludos tras aviso. Roca Rey (gris plomo y plata), silencio y dos orejas. Entre las cuadrillas Jose Doblado picó bien al primero, al que lidió con mucha templanza José Borrero. Presidió Jesús Merenciano. Pesos de los toros por orden de lidia: 538, 543, 526, 539, 530 y 555 kilos.
Se cerraba el abono de San Jaime con el cartel estrella del serial. Con la presencia del matador de toros que actualmente despierta mayores pasiones en el escalafón, como es el peruano Roca Rey. Y dos figuras del toreo como Manzanares y Sebastián Castella. Era festejo de expectación, y por poco no se cumplió el adagio y acabó en decepción.
Y tras la gayumbada que lidió el viernes Celestino Cuadri y el espectáculo que propició el encierro de los toros Algarra el sábado,  tocaba el turno a una divisa de las que les gusta torear a las figuras. Los toros de Núñez del Cuvillo, que junto con los de Garcigrande y Victoriano del Río, son el sota, caballo y rey que estoquean algunos de los integrantes de la parte cimera de la escalafón. Y nadie les saca de ahí.
Un encierro, el lidiado en Valencia de los Cuvillo, de muy variados y espectaculares pelajes y cuyo juego resultó tan variado como desigual.
El colorado que abrió plaza salió muy abanto de los chiqueros. Se le midió el castigo en el caballo y tomó las telas con tanta nobleza y fijeza como escasez de fuerzas y raza. Tanto es así, que acabó cantando la gallina y buscando el abrigo de tablas de forma descarada.
El también colorado y ojo de perdiz segundo, muy astifino, se dejó pegar en varas. Luego tuvo fijeza, y se desplazó con celó, son y una cierta transmisión por los dos pitones. Un buen toro. El tercero, colorado salpicado, sangró hasta la pezuña tras su encuentro con las plazas montadas. Tomó las telas con cierta violencia, quedándose corto, incierto y soltando siempre la cara. Al negro cuarto, más feo de tipo, le castigaron poco en el caballo. Y luego resultó bonancible ante las telas y metió la cara repitiendo con buen son las embestidas y siempre humillando, aunque duró poco.
El quinto, que fue picado en la puerta de cuadrillas, embistió con celo y transmisión, pero siempre rebrincado y con una cierta aspereza. Y el cierraplaza, de nombre Rescoldito, un ejemplar de pelo jabonero sucio, casi barroso o perlino, perdió las manos de salida. Apenas se le castigó en el caballo. Esperó mucho en banderillas y manseó en el tercio final, saliendo suelto de los embroques. Con todo, fue y vino bonancible y bondadoso, y fue muy ayudado por su matador. El premio de la vuelta al ruedo se puede considerar a todas luces excesivo e inapropiado.
Encabezaba la terna del francés Sebastián Castella. Y hubo una sensación de un cierto “déjà vu”, como se dice en la lengua del país vecino, por la actuación de la espada galo.
Anduvo compuesto con el capote en su primero, y realizó una apertura la faena con un pase cambiado en el platillo. Luego firmó un trabajo de muy largo metraje y escaso mensaje,  que tuvo un nulo eco en los tendidos.
Paciente, solvente y suficiente anduvo ante el cuarto, al que muleteó con limpieza y templanza pero, tras un desarme, la obra se vino abajo.
José María Manzanares interpretó en el segundo un trasteo de más estética que fondo. Algo acelerado y destemplado, y con muy poco ajuste, su torear tuvo más de expresión que de contenido. Se produjo más de un enganchón y el trabajo no terminó de tomar vuelo.
Al quinto le hizo un excelente quite por chicuelinas. Brindó la muerte del toro a su banderillero Luis Blázquez, quien cumple esta temporada sus primeros 25 años como banderillero. Y volvió hacer gala de su habitual puesta en escena. Dándose muchos tiempos, muleteó con su proverbial prestancia y empaque, en el marco de una labor expresiva y elegante, pero de nuevo sin mucho ajuste y muy intermitente.
El peruano Roca Rey, quien esta temporada parece haber vuelto por sus fueros, venía de cortar cuatro orejas el día anterior en Santander ante un encierro de Jandilla.
No se terminó de acoplar con el capote ante su primero, al que luego le intentó hacer un ajustado quite por chicuelinas. Fue desarmado al inicio del trasteo, perdió pie y de forma milagrosa el toro no hizo por el cuando lo tenia a su merced. No acabó de estar a gusto en ningún momento ante su oponente, en una labor destemplada, errática y confusa. Se le vio espeso de ideas y con la mente en otro sitio.
Se sacó la espina ante el sexto, al que muleteó en el platillo con verticalidad y mano baja, embarcando y llevando al toro muy toreado. Muy asentado, encajado y en un palmo de terreno, ayudó al toro a romper y le tapó sus defectos. El epílogo tuvo un contenido marca de la casa que llevó al paroxismo los aficionados. Querían su ración de ídolo y lo tuvieron. Y ello salvó lo que estaba siendo una tarde decepcionante.
Cronica de Enrique Amat
Fotografia de Mateo. Tauroimagenplus