Manolo Montoliu

Hace muchos años, el primer día del mes de mayo de 1992, uno
de los banderilleros valencianos más grandes de la segunda mitad
del siglo XX murió en la plaza de toros de Sevilla. Le conocía
bastante bien y le admiré. Durante muchos años, ví como mejoraba
su arte y ampliaba sus conocimientos sobre el siempre
imprevisible carácter de los toros. A lo largo de su carrera, tanto
matadores jóvenes como veteranos dependieron de sus
habilidades y fueron honrados teniéndole a su lado.
Seis semanas antes de su trágica muerte, el día de San José,
Valencia le vio torear por última vez. Ese día, el primer toro no
tenía mucha fuerza pero a pesar de ello, su matador le ordenó
colocar un tercer par de banderillas. La siguiente escena fue
inolvidable. Con ambos rehiletes en su mano derecha, el
banderillero, vestido con un traje gris perla y plata, caminó al
centro del anillo, daba vueltas para enfrentarse con el toro, lanzó
un palillo al aire que cogió con su mano izquierda. Golpeó los dos
palillos juntos – tac-tac – y dio algunos pasos para atraer la atención
del animal. Embistió el toro y en un movimiento fluído colocó los
banderillas en el lomo de la bestia. Fue una ejecución perfecta.
Durante algunos segundos, la plaza llena se mantuvo en silencio,
después, la gente estalló, silbaron y aplaudieron al maestro. A
desgana se quitó la montera para saludar al público, agradeciéndole
su amabilidad.
La tarde que murió, una llamada telefónica desde Sevilla me contó
el fatal accidente y algo más tarde, amigos de su ciudad natal me
confirmaban la tragedia. El día siguiente, sus compañeros, de luto,
llevaron el ataúd a través de la plaza de Valencia en una silenciosa
vuelta de honor. En el ruedo hubo centenares de velas, cuyas
llamas se extinguieron con la brisa.

texto  de Pieter Hildering