Ivan Fandiño siempre en el recuerdo

«Te he buscado en los carteles», lloraba la pluma maestra de Victoria Marco Linares el aniversario de la muerte de Antonio Bienvenida, «sin creer aún que en cada Feria de San Isidro tu capote seguirá plegado tristemente y para siempre». Esa incredulidad tan trágica y melancólica que atenaza y encoge el corazón del toreo cuando caen sus héroes. Ese oleaje de dolor agnóstico que sacude, cruel y fuerte, la piel de toro. Desde que la daga envenenada de Provechito segó la vida de Iván Fandiño en la plaza de francesa de Aire Sur L’Adour este domingo, 17 de junio, un año atrás. ¿Quién no busca todavía su nombre en los carteles?

¿Quién no busca su efigie de banzai vasco irreductible en el túnel de cuadrillas de Las Ventas? Aquella mirada perdida. Aquellos dientes apretados. Aquel gesto desafiador del miedo. El bamboleo ligero y nervioso que agitaba su planta de torero implacable antes de saltar a la arena romana del ruedo. Jesús Lizado esculpe en bronce esa liturgia añorada y mística en una escultura homenaje al guerrero caído -que será descubierta el próximo 18 de agosto, en el inicio de la Aste Nagusia bilbaína-.

El artista vasco inmortaliza la figura de Fandiño en la explanada de la plaza de toros de Bilbao, que Iván tantas tardes conquistó. Con el compás arriñonado y abierto. Las manos cruzadas bajo el capote paseo sin desplegar. El mentón, hundido en el pecho, coronado por aquella cabellera de león engominada. Y el sempiterno bordado de trisqueles celtas arropando el valor del héroe.

Fandiño ya se alza inmortal entre la añoranza del toreo y de sus gentes. Su rostro, esculpido de nuevo en bronce, lanza una mirada eterna al coso de su Orduña natal. Abarrotado hasta el reloj por los miles de paisanos, aficionados, amigos y familiares que acudieron al abrigo de los tributos rendidos en las fiestas de Otxomaio al último torero vasco afincado en el cetro del toreo. Que Iván tomó al asalto entre los años de 2011 y 2014… Cuando la Puerta Grande de las Ventas cayó por fin rendida a su coraje sin máculas. A su espada valiente. A sus femorales ofrecidas sin trampa. A sus muñecas dominadoras… Hoy, un azulejo perpetúa el paso del León de Orduña por la que siempre fue su plaza.

Porque Iván Fandiño, que decía buscar un sitio en el que permanecer para siempre, ya es inmortal. Encontró en la historia del toreo ese lugar del que no irse nunca. Aún así, entre tanta añoranza, ¿quién no busca, un año después, su nombre en los carteles?

D.E.P.