En 2018, un portavoz del ganadero Leopoldo Sainz de la Maza, III conde de La Maza, dio a conocer a los medios de comunicación la desaparición de la ganadería, después de haber dispuesto del ganado que tenía. “No me han quedado ganas de reemprender la carrera ganadera” ha confesado el último criador de bravo de la casa condal. “Estoy cansado y no me apetece. Podría haberme quedado con algunas reses y lidiar de erales pero esto es imposible. Esto está como está. Los toreros quieren torear lo que quieren torear y los empresarios quieren comprar lo que quieren comprar”, ha puntualizado.

            Fue especialmente esa última frase la que me dejó en claro cómo la variedad de encastes bravas estaban empujado fuera gradualmente. Los toros con carácter estaban fuera, los toros más dóciles y fáciles de lidiar eran lo que querían los matadores y los toros de La Maza no eran fáciles de lidiar. Su linaje genealógico se remonta directamente a los toros del Conde de Vistahermosa del siglo XVIII, una de los encastes originales de la tauromaquia. Después de ser pasado a varios propietarios se dividió en cuatro lotes y se vendió en 1953. Como dice la ficha de la Unión: “Un lote fue vendido a don Leopoldo de la Maza y Falcó. En 1966 adquirió sementales del Marqués de Villamarta y en 1977, un lote de vacas y dos sementales de procedencia Núñez. Puede decirse que tras más de 35 años en su poder mediante una cuidada selección, ha creado su propio encaste”. 

            Era esta encaste que lo vi yo en una corrida en Valencia exactamente un año después de mi encuentro con el toro Algodonero de Ana Romero. Mis apuntes sobre el cuarto animal dicen: “Domingo 30 de julio de 1989. Ya hemos visto dos magníficos animales del Conde de la Maza. Ahora entra el impresionante Albardanero. Un toro bravo, castaño, de 507 kilos y con cuernos afilados como alfanjes. El matador venezolano Morenito de Maracay lo atrae hacia el capote y lo guía hasta donde esperan el picador y su caballo. El toro embiste y soporta dos pesados puyazos. Para el segundo tercio, el propio matador coloca las banderillas. Su fuerza son las garapullas, es el tercio en que triunfa. Sobre todo las que coloca ‘al quiebro’. Después del tercer par la gente insiste en un par más a la que el matador cumple. A pesar de esto, Albardanero no se inmuta. Llevado al centro del ruedo, queda claro que el toro es demasiado para el torero. Morenito tiene que abordar todos los pases de su repertorio para protegerse de la furia del animal. Cuando termina su faena, la espada toca hueso dos veces. Pero cuando por fin entra y se mata al toro, el presidente concede una oreja al torero y mientras le arrastran lentamente, el público le da una ovación al bravo Albardanero”.

            La corrida de la que hablo tenía similitudes con la de cuando conocí al toro Algodonero. Tanto Ana Romero como el Conde de la Maza sustituyeron las anunciadas ganaderías. En el caso de El Conde fue Pablo Romero. Ambos vieron a su primer toro regresar al corral. Ambos toros entraron en cuarto lugar y fueron declarados ‘mejor toro de la feria’ por la asociación taurina Tinto y Oro. 

            El Conde de la Maza no ha sido el único ganadero en desaparecer. Otros, como el legendario Atanasio Fernández (con un linaje genealógico de más de 120 años) dejaron de criar toros de lidia y ahora producen ganado de carne. La igualmente establecida y aterradora ganadería de los Pedrajas parece haber desaparecido. Los temibles Samueles han atravesado momentos difíciles y los últimos toros de pura raza Pérez Tabernero que vi en el ruedo eran becerros. Pero tras su impactante aparición en el redondel valenciano me encontré una vez más con el maravilloso Albardanero. Su cabeza taxidermizada – menos una oreja – adornó una pared del bar del hotel Rey don Jaime. Estaba a la venta.

Crónica de Pieter hildering