Los carteles malditos y otros misterios taurinos, obra del José Antonio Ayuste, es un libro obra de este escritor natural de la localidad conquense de Casasimarro, cuya ópera prima fue la titulada El crimen de los novilleros, sobre la muerte de tres espadas de Albacete en la finca Chardo Lentisco en diciembre de 1990.

A lo largo de las 352 páginas de su segunda obra, editada por Caligrama y que tiene como portada el cuadro Torero Muerto, de Edouard Manet, el autor analiza los presagios y misterios que envuelven al mundo del toreo. Para Ayuste, “la tauromaquia es quizás el arte más misterioso de cuantos existen. Un mundo lleno de ritos, supersticiones y extrañas costumbres. Y en el fondo de todo ello el miedo, un factor determinante en el toreo. Miedo al fracaso, al daño físico y mental, a la muerte en el ruedo… Un miedo que siempre ha condicionado el devenir de los toreros y que ha convivido íntimamente ligado con las maldiciones, premoniciones y presagios de desgracias y muertes en el ruedo”.

En la introducción, el autor recuerda el día 30 de agosto de 1985, cuando un toro mató a Yiyo en Colmenar. Ayuste tenía por aquel entonces 5 años y lo vivió en su Casasimarro natal, una semana después de que su padre le trajese una foto firmada por Yiyo en Cuenca.

A lo largo del texto se habla de carteles como el de Talavera de la Reina el 16 de mayo de 1920, Manzanares el 11 de agosto de 1934, Linares 28 de agosto de 1974 entre otros y en él se plantean diversos enigmas: “¿Estaban malditos los carteles en los que perdieron la vida toreros como Joselito, Granero, Manolete, Paquirri o Yiyo? ¿Recayó sobre Sánchez Mejías o Yiyo la maldición de haber acabado con la vida de un toro asesino, como los casos de Bailaor y Avispado? ¿Existieron toreros gafes que atrajeron la muerte de sus compañeros?

El prólogo corre a cargo del matador de toros Vicente Ruiz El Soro, único superviviente del cartel maldito de Pozoblanco, en el que perdió la vida Francisco Rivera Paquirri y cuya estela maldita seguiría también con la muerte de Yiyo en Colmenar, el asesinato del ganadero de aquella tarde y el suicidio del apoderado del torero madrileño.

Vicente ofrece su punto de vista sobre todo lo que rodeó a aquella fatídica tarde del 26 de septiembre de 1984 y sus consecuencias posteriores. El valenciano afirma: “Quiero pensar que aquello fue todo un accidente. De otra forma, jamás hubiera podido seguir en esto y dar la cara cada tarde en los ruedos. Cada día le doy gracias a Dios por poder contarlo. Como me decía Luis Miguel Dominguín, quien estuvo presente la tarde de la muerte de Manolete: “alguien tenía que quedar para contarlo.”

CRÓNICA de : Enrique Amat