Dámaso se va a Nueva York

En las gradas suena un clarín. La banda empieza a tocar y el paseíllo se pone en marcha. Al frente del grupo figura Dámaso González, enfundado en su típico traje de color caña. Junto a él hay dos matadores, seguidos por nueve banderilleros. Viendoles así, atravesando el redondel, parecen una guirnalda colorida. Es como una quimera el que estos hombres, que en pocos minutos arriesgarán sus vidas esquivando animales tan peligrosos, se vistan con trajes tan chillones. Magenta al lado del verde brillante y el rojo sangre que acompaña a un azul cobalto junto a un turquesa deslumbrante.
Detrás de ellos, van seis picadores a caballo, todos con sus pesados petos. Cada traje está ricamente bordado con oro o plata que brilla al reflejo del sol. Son seguidos por los mulilleros, el escuadrón de muerte. Y aunque la mulas llevan plumas coloridas y pequeñas campanas que tintinean con sus arneses a cada paso, sus conductores llevan gorras y camisas negras. Al final de la processión viene un pequeño grupo de areneros, los limpiadores con sus palas y cubos de goma.
Mis vecinos estadounidenses están encantados con el espectáculo.
El clarín suena de nuevo. El primer toro sale del toril. González lo atrae hacia su capa, lo provoca y se aparta con elegancia. En el ultimo tercio ofrece al toro su muleta roja, arrodillándose delante del animal, que jadea fuertemente. Luego lo cuadra y lo mata de una buena estocada. Cuando el matador da su vuelta al ruedo, saluda a sus segui-dores y mis vecinos le devuelven el saludo.
Al día siguiente, me encuentro con ellos para tomar una copa. “Hemos decidido formar una peña”, dice la mujer. “Se llamará ‘La Peña Taurina Dámaso González de Nueva York’. Va a ser muy exclusiva, con sólo dos socios, nosotros, y tú, por supuesto, porque nos lo has explicado muy bien. Te agradeceríamos si aceptas ser socio de honor.” Me miran, ansiosos por mi reacción.
No sé qué decir. Estoy halagado por su amable oferta y les prometo que haré todo lo posible para ser un digno miembro de nuestro club, al que representaré con orgullo donde quiera que vaya.

por. Pieter Hildering

Fotografias de  Mateo Hnos. archivo