AQUÍ, AHORA Y EN ESTE MOMENTO

La del otro día fue mi primera conversación con Borja Collado, me sorprendió verlo venir con un libro, “El alquimista” de Paulo Coelho, en la mano. “Vengo en el Metro y me gusta aprovechar los viajes para leer”, me dijo.

Borja cumplió los diecisiete años el pasado mes de abril y lleva cinco años en la Escuela Taurina de Valencia. Aunque nacido y residente en Torrente (Valencia), su padre es de Valeria (Cuenca). Allí, en ese pequeño pueblo, apenas habitado en invierno, junto a las ruinas de la ciudad romana del mismo nombre, Borja tiene su refugio. “Me gusta el olor a pueblo” reconoce, “andar por el campo y ver las amapolas y girasoles”. En sus paseos solitarios, “pensando, estando con uno mismo” a menudo le acompañan Amaya y Vega, que son sus perras, una husky y una setter irlandesa. Recuerda muchos fines de semana y esos veranos en los que podía disfrutar de la libertad de jugar en la calle con sus amigos y estar con sus abuelos.

Acaba de terminar primero de bachillerato y confiesa que le gusta estudiar, opina que “hace más el que quiere que el que puede”, en alusión a que aunque el toro le quita mucho tiempo, aprovecha bien el que le queda para estudiar, incluso en los viajes a los tentaderos con la Escuela Taurina, en los que su compañero y amigo Miguel Senent le toma la lección. Cree que “hoy en día, la formación es esencial, hay que saber hablar y que no piensen que los toreros somos analfabetos”. Habla de la suerte que ha tenido con el grupo de profesores que hay en su colegio (un centro privado concertado) y, en especial, de su cercana relación con Enrique Moreno (profesor de Historia), con el que incluso sale a correr. Se muestra muy agradecido con sus profesores, ya que no sólo le ha cambiado exámenes cuando le coincidía que tenía que irse a torear, sino que incluso han ido a la plaza de toros de Valencia a verle torear.

Los inicios taurinos de Borja Collado son los de un niño que toreaba en casa con cualquier cosa que tuviera a mano y sirviese para ello, hasta que el día de su Primera Comunión le regalaron un viejo y pesado capote y una muleta no menos vieja. Comenzó a pedir en casa que lo apuntaran a la Escuela Taurina de Valencia, pero no tuvo éxito, por lo que siguió insistiendo, incluso con la complicidad de gente de alrededor, que le ayudaron a convencer a sus padres, bajo la promesa de “yo sólo quiero aprender a torear”. La Escuela Taurina de Valencia es para Borja algo especial, “les debo todo” dice y confiesa sentirse feliz allí, disfrutando con sus compañeros y profesores. Le encanta ver a los más nuevos, a los que acaban de llegar con la misma ilusión que él tenía cuando entró.

En el primer tentadero con la Escuela Taurina, compartió becerra con Miguel Senent, que llevaba más tiempo que él en la Escuela y “él toreó, mientras que a mí me cogió veintisiete veces” declara. Con el tiempo fue aprendiendo la técnica, que la define como “lo que te da seguridad, lo que te hace saber dónde debes poner la muleta”. Pero añade que si sólo hay técnica, no se llega al espectador y el torero termina por aburrir, por lo que también hay que dejarse guiar por el “instinto”, concluyendo que “lo que se hace forzado, sin que salga de dentro, se nota”. Recuerda como punto de inflexión una tarde en Requena en la que se dejó vivó un eral de La Quinta, al que fue incapaz de rematar con el descabello, admitiendo que aquello le puso los pies en la tierra y le hizo recapacitar y esforzarse más. Añade que sólo cuando el torero está dispuesto a entregar su vida, como lo hace el toro, es cuando uno torea bien.

Borja reflexiona sobre lo bien que viven los toros bravos en el campo y que son los únicos animales que tienen la opción de ganarse la vida, a diferencia de los que van al matadero, de donde no hay retorno posible. Opina que hay que “naturalizar” el toreo, mostrar que los toreros son gente normal, no estar distantes de la sociedad, intentar acercar el mundo del toro a los que no lo conocen y llevar a los niños a las plazas.

Sobre los espejos en los que se mira Borja Collado como torero, me cuenta que ve muchos vídeos de toreros antiguos (Joselito, Ignacio Sánchez Mejías, Manolo Granero, Juan Belmonte), que busca en internet. Le admira la torería, empaque y personalidad de aquellos toreros y se fija en su manera de andar por la plaza, de llevar el toro al caballo y en muchos detalles. A lo que añade que le hubiera gustado conocerlos y que, en su opinión, se ha perdido el “romanticismo” que tenía el toreo en aquellos tiempos. Espontáneamente, surge en la conversación Dámaso González, del que Borja opina que revolucionó el toreo por su forma de traer el toro desde muy delante y llevarlo largo y toreado.

Cada vez que torea, la noche anterior, Borja ve la película “El guerrero pacífico”, de la que ha tomado la frase “aquí, ahora y en este momento”. Piensa que los triunfos no se miden en orejas, que no hay que salir a torear pensando en cortarlas, ya que “deben ser la consecuencia, no la finalidad”.

Terminamos la charla con los retos que se le plantean a Borja Collado en estos próximos meses: el debut con caballos, terminar el bachillerato, examinarse de Selectividad, elegir qué seguir estudiando, etc. y las consecuencias que ello tendrá, como salir de esos dos lugares donde se siente tan feliz y a los que tanto debe en la forja de su persona: la Escuela Taurina de Valencia y el Colegio.

Pero, antes, la Final del Certamen Alfarero de Plata espera en Villaseca de la Sagra, el próximo 30 de junio.

Cronica de Mercedes Rodriguez

Fotografias de Mercedes Rodriguez y archivo Tauroimagenplus