Apunte sobre mantel manchado

Recuerdo de la Semana Cultural de Foios, 1991

 

Una tarde en Tinto y Oro, mientras hojeaba tranquilamente en un volumen de El Cossio, José Maria Aragón entró y me invito a acompañarle a Foios para presenciar su anual gala taurina. Según su información turística, Foios es ‘un municipio de la Comunidad Valenciana típicamente agrícola, cuya gastronomía es rica y variada, y la calidad de su arroz es extraordinaria’, por lo que acepté la invitación con mucho gusto. Foios también es el hogar ancestral de la familia Ruiz Soro, cuyos miembros principales son el maestro Vicente y sus hermanos, el matador Antonio y Jaime, un picador que actuó en las cuadrillas de sus hermanos, así como en las de los maestros Luis Francisco Esplá, Vicente Barrera y Miguel Abellán.

Había estado en Foios unos años antes, en vísperas de la alternativa de Antonio. Mis anfitriones amablemente, habian llamado al evento ‘una cena de sobaquillo’ por los deliciosos bocatas caseras envueltos en papel de aluminio. Pero también recordé el amplio local decorado, y que junto a sus bocadillos plateados, había largas mesas con botellas de vino, jarras de agua y platos con tortilla española, aceitunas y una excelente selección de jamón serrano y de queso manchego. Fue una fiesta espléndida.

Esa noche el protagonista era Emilio Muñoz, que había sido galardonado con los trofeos de las peñas locales ‘Los Hermanos Soro’ y la ‘Peña Femenina’ por su actuación en la feria de Valencia del año pasado. Emilio fue tratado como realeza y mientras se leían poemas en su honor, alabando su forma de torear, recogió sus trofeos con una sonrisa. A pesar de que se había quedado fuera de la feria valenciana de ese año, el invitado de honor había venido de Sevilla especialmente para esta celebración y gentilmente cumplió con cualquiera que quisiera hacerse una foto con él o que le firmara su autógrafo.

Frente a mí se encontraba Vicente Luna, un artista famoso por la creación de innumerables ‘Fallas’ valencianas. Noté que, casi sin prestar atención y en medio del coro de apologías a Emilio, Vicente comenzó a dibujar un torero y un toro sobre el mantel de la mesa. Vi al toro embistiendo la mano derecha y al matador evitando hábilmente su empuje levantando la muleta en un pase por alto. El animal saltaba peligrosamente al pasar por el embroque.

El banquete continuó. Se estaba haciendo tarde y el artista ya se había vuelto a casa. Una taza de café habia dejado una mancha sobre el morillo del toro. Al ver el dibujo abandonado y, ante el peligro de alguien se lo llevara, rápida-mente lo arranqué y me dirigi hacia Emilio. “Con cariño”, dijo cuando le pedí que firmara ese mi trofeo.

Crónica de :Pieter Hildering