LAS ESCUELAS TAURINAS ABREN LA FERIA DE ALBACETE Sábado, 7 de septiembre de 2019. Plaza de toros de Albacete. Aceptable entrada en mañana soleada. Erales de Daniel Ramos, bien presentados y de juego desigual. Alejandro Contreras,(celeste y oro), de la Escuela de tauromaquia de Valencia, saludos tras aviso. Marcos Andreu, (verdemar y plata), de la escuela taurina de Castellón, palmas tras tres avisos. Jesús González, (azul pavo y oro) de la escuela taurina de Albacete, saludos tras dos avisos. Alejandro Peñaranda, (nazareno y oro) de la escuela taurina de Albacete, oreja.

Pedro Monteagudo, (pastel y oro), de la escuela taurina de Albacete, saludos  tras dos avisos. Francisco José Mazo, (verde y oro) de la escuela taurina de Albacete, oreja. Entre las cuadrillas destacó la templada lidia  de Javier Palomeque al cuarto. Presidió Genoveva Armero, con mucho rigor.
Comenzó la feria taurina de Albacete con una novillada de promoción con participación de alumnos de las escuelas de tauromaquia. Un festejo que siempre es digno de aplauso, por permitir descubrir nuevos valores, y acercar a la plaza jóvenes aficionados en busca de fomentar la promoción.
Para calibrar las posibilidades del sexteto de aspirantes, se lidiaron astados del ganadero castellonense Daniel Ramos, que no terminaron de romper. El acapachado y lustroso primero manseó de salida, barbeando tablas y buscando la huida. Llegó al tercio final yendo y viniendo, con nobleza y bondad aunque algo escaso de raza. Dio buen juego, aunque al final acabó cantando la gallina.
El castaño segundo, también gacho de cuerna, tuvo presencia y salió con muchos pies de los corrales, correteando por el ruedo algo distraído. En el tercio final embistió sin entrega, soltando la cara y muy a su aire.  El tercero, manso y descastado, se defendió durante toda su lidia, embistiendo a topetazos y echando las manos por delante. Más pastueño resultó el cuarto, que se desplazó con fijeza y siempre obedeciendo con excelente son. El castaño quinto tuvo cuajo. Algo playero, se movió, pero tomando las telas sin entrega, saliendo muy desentendido de los embroques, ayuno de celo y de raza. Y el que cerró plaza, el más terciado del encierro, embistió más atemperado, y repitiendo.
Encabezaba el sexteto Alejandro Contreras, alumno de la escuela de tauromaquia de Valencia. Saludó con dos faroles de rodillas a su antagonista, al que luego lanceó al delantal con buenas formas. Brindó al aficionado de Requena José Enrique Martínez, y comenzó su faena con ayudados por bajo. Luego muleteó con templanza y buen corte, en un trabajo de gran limpieza y ligazón. Correcto, con oficio y profesionalidad, quizá le pudo faltar un poco más de fibra, pero causó una buena impresión. Mató de una estocada trasera.
Marcos Andreu, de la escuela taurina de Castellón, se fue a portagayola a saludar al de tanda, al que comenzó su trasteo de rodillas en el platillo dándole una serie de hasta ocho muletazos. Luego su labor estuvo presidida por el valor, los deseos y las ganas de agradar ante un animal que no le puso las cosas fáciles, y que le cogió aparatosamente en el epílogo del trasteo. Pasó un quinario con los aceros, y finalmente vio como se llevaban vivo a los corrales a su oponente después de escuchar los tres avisos.
Jesús González, de la escuela taurina de Albacete, también se fue la puerta de chiqueros a recibir a su antagonista. Torero de recias hechuras, se lució al muletear, siempre pisando terrenos de compromiso, cruzado al pitón contrario y aguantando parones y tarascadas. Manejó las telas con soltura y ligazón y anduvo por encima de las complicaciones del novillo. Eso sí, manejó con desacierto las armas toricidas.
Templanza, gusto, cadencia, compás y prestancia fueron los ingredientes de la labor de Alejandro Peñaranda, discípulo de la escuela taurina de Albacete. Firmó un trasteo de altos vuelos, de torero con expresión y no exento de oficio. Hizo de largo lo más destacado de la mañana.
Pedro Monteagudo,  asimismo de la escuela taurina de Albacete, tiene buena hechura de torero. Intentó hacer las cosas bien, pero pecó de codillear en exceso. Fue cogido hasta en tres ocasiones, pero no dejó de plantar cara en ningún momento. El matador de toros y profesor de la escuela de tauromaquia de Albacete Sergio Martínez le hizo dos provinciales quites el cuerpo limpio.
Completó el sexteto Francisco José Mazo, de la escuela taurina de Albacete e hijo del picador Manuel Mazo. A pesar de su bisoñez, movió las telas con facilidad y bueno trazo. Dejó siempre la muleta puesta, adelantando los engaños y toreando con cierta templanza.

 

Crónica de Enrique Amat

Fotografias de Mercedes Rodriguez