DE ALBARRACÍN A SIERRA MORENA: EL VIAJE DE LAS VACAS DE DOÑA ALICIA CHICO

A finales del siglo XIII, en el año 1273, el Rey D. Alfonso X el Sabio, creó el Real Concejo de la Mesta, dada la importancia que tenía la cría del ganado lanar en el Reino de Castilla. Pero  varios siglos antes, ya había ganados que “circulaban” por la península ibérica a través de una serie de caminos establecidos. Durante cientos de años, se fue tejiendo una red de “cañadas reales”, “cordeles”, “veredas” y “coladas” que permitían a los animales y sus pastores subir a las tierras más frescas del Norte en verano y bajar a las tierras más cálidas en invierno, buscando el máximo aprovechamiento de los pastos.

Hoy, bien entrado ya el siglo XXI, el de la “globalización” y las “nuevas tecnologías”, la península ibérica dispone de miles y miles de kilómetros de carreteras asfaltadas que recorren millones de vehículos a motor. Pero las antiguas vías pecuarias de tierra siguen existiendo, mejor o peor conservadas, algunas ocupadas por edificaciones, otras invadidas por terrenos de cultivo e, incluso, las hay que se han asfaltado parcial o totalmente y forman parte ahora de la red viaria de carreteras o de calles de ciudades.

Aunque la mayoría de vías pecuarias se siguen utilizando a diario para recorridos cortos, la vieja tradición de la trashumancia, ya casi se ha perdido, ante la falta de necesidad. Hoy se dispone de piensos con los que alimentar al ganado cuando no hay pasto en el campo, hay vehículos en los que transportar a los animales, etc. Aún así, queda alguna ganadería de ovino que continúa realizando la trashumancia y la de reses bravas de Doña Alicia Chico.

La ganadería de Doña Alicia Chico tiene su “sede de invierno” al Sur de Despeñaperros, y cada año, antes de que empiece a apretar el calor, sus vacas emprenden un viaje que dura casi un mes, recorriendo a pie más de 350 km por esas antiguas vías pecuarias. Su destino son los pastos frescos que encontrarán en la Sierra de Albarracín. Allí permanecerán todo el verano, hasta que, ya avanzado el otoño, tomarán el camino de retorno a Andalucía.

Finalizaba ya noviembre cuando, este año, los pastos se cubrieron de nieve en las sierras de Teruel y las trescientas vacas de la ganadería, acompañadas de cuatro vaqueros a caballo, unos bueyes y varios perros, junto a un viejo todoterreno de apoyo, emprendieron viaje por una de estas ancestrales vías pecuarias. El camino es siempre el mismo, con una serie de etapas establecidas, con los lugares para descansar marcados de antemano, pero cada día es distinto y las circunstancias, meteorológicas o de cualquier otra índole, van haciendo que el camino real sea siempre diferente.

Resumir treinta días en uno es imposible, pero un día “tipo” comienza al amanecer, con un café caliente para ponerse a tono. Se hace salir a las vacas ordenadamente del cercado donde han pasado la noche y se cuentan, para comprobar que no hay bajas ni fugas. Vaqueros y vacas se ponen en marcha y, mientras van avanzando, el ganado se alimenta del pasto que encuentra; en algunos tramos, el terreno es pobre y hay poco más que piedras, en otros, hay encinas, quejigos y arbustos que ramonear. A media mañana se hace un alto en el camino, en algún claro donde pueda tenerse a vista los animales y éstos aprovechan para echarse un rato, descansar y rumiar. Los vaqueros desmontan y reponen fuerzas, comiendo algo rápido y de pie, para no perder mucho tiempo y continuar la jornada.

 Màs, adelante,se vuelve a hacer otra parada de descanso y comida, aunque también breve, ya que hay que aprovechar al máximo las cortas tardes de esta época del año y estar antes de que anochezca en el “descansadero”. Antes de que llegue el ganado, el conductor del todoterreno de apoyo, ya ha montado el cercado (consistente en un “pastor eléctrico”) donde las vacas harán noche. Conforme van entrando las vacas, se va haciendo otro recuento, para confirmar que no se ha quedado ninguna por el camino y no hay que salir a buscarla. Las noches de otoño, las tierras que atraviesa la cañada son frías y hay que tratar de buscar, dentro de lo posible, el máximo de bienestar. Se desensillan los caballos y se deja que se seque el sudor de las monturas, se ata a los perros y se les da de comer, se montan las tiendas de campaña y se enciende lumbre para hacer la cena y calentarse. Es momento de relajarse, de comentar la jornada del día y planificar la siguiente, de charlar un rato con los conocidos que se acercan a pasar un rato con ellos y compartir algo de comer y beber, aunque sin trasnochar mucho, pues toca dormir, que, con el nuevo amanecer, comienza otra etapa del camino.

Y, aproximadamente, dentro de seis meses, esas mismas vacas, ya paridas, con sus becerros, recorrerán de nuevo la cañada rumbo a las sierras de Albarracín, para pasar allí el verano…

Más allá de este “idílico” relato, está el trabajo y el esfuerzo de unos hombres que atraviesan media España a caballo, bajo el sol, la lluvia o la nieve, plantando cara al viento y al frío, durmiendo en el campo, con escasos lujos. Pero también hay que resaltar la importancia que, desde el punto de vista medio ambiental, tiene la trashumancia: se mantienen y conservan vías pecuarias que quizás no existirían ya, se realiza un pastoreo racional y se aprovechan zonas que, de otro modo, quedarían sin uso.

Desde aquí, nuestro agradecimiento a estos vaqueros por la atención prestada y hacer posible este artículo que se queda corto para contar tantas cosas…    

Crónica de Mercedes Rodriguez

Fotografias de Mercedes Rodriguez